05 septiembre 2006

Pensamientos sobre la tolerancia


Para hablar de tolerancia, es inevitable iniciar desde el tema de la verdad.

Cuando uno se convierte y profundiza en su conocimiento de la palabra de Dios, entendemos que Dios y sus principios son absolutos, y que Él determina una cosmovisión, un sentido y una misión a los creyentes. Estos principios le dan coherencia a nuestra existencia, una lógica, un orden definido, un camino qué seguir (Jn. 14:6). Ante el mundo desordenado y caótico, el orden holístico que provee el cristianismo en la vida personal de las personas es atrayente, pero al mismo tiempo riesgoso hacia quien no posee la verdad. Hay varios elementos en esta patología:

(1) La actitud humana: el hecho de entender que tenemos LA verdad puede crear una actitud de orgullo, de desprecio y de superioridad frente a quien no la posee. No respeto al otro, no respeto a quien piensa distinto porque “no entiende” o “no tiene la luz”.

(2) Si además de eso, el poseedor de la verdad considera que el mundo que nos rodea es pecaminoso, corrupto y dirigido a una inevitable degeneración, entonces a la superioridad se le añade un aislamiento: me mantengo limpio sin relacionarme con esos impíos que no conocen ni quieren conocer lo que yo sé.

(3) Más aún, si le añadimos el exceso de celo y el legalismo que muchas veces aparece en nosotros, nos volvemos radicales condenando el statu quo vigente pero no en amor sino en juicio.

(4) Y si le sumamos la irresistible tendencia a imponer a otros LA verdad a cualquier precio (porque se nos ha dicho que hay que multiplicarnos y llegar hasta lo último de la tierra –Mt. 28:19-), tenemos entonces una situación explosiva, porque si es que alguien voluntariamente quiere perderse, ¿porqué oponernos a su decisión? ¿Por el pretexto del amor por los perdidos?

¿Qué decir al respecto?

Por ahora voy a hablar sólo del primer punto. La verdad de Dios es una e inmutable porque Dios lo es así, pero nosotros no. Por lo tanto, nosotros vemos con nuestros ojos relativos a la infinitud del absoluto, y por ello, valga la redundancia, no tendremos una sola concepción de dicho absoluto. En otras palabras, los seres humanos en términos estrictos no podemos hablar de que “yo tengo la verdad”, “yo conozco lo que Dios piensa” –aunque hay cosas que son claras e invariables-, sino que llegamos a una serie de conclusiones y percepciones que son distintas evidentemente según las personas, siendo algo que debemos asimilar con seriedad. Como escribí en algún momento, la cosa se maneja por bandas: dentro de límites, Dios nos da libertad para hacer teología, armar cuerpos de pensamiento y desarrollar una relación con él. ¿Cuál es el límite? Yo sugería el comportamiento sectario.

Por lo tanto, el hecho que mi forma de entender a Dios no sea la definitiva y que otros hermanos ven las cosas de modos diferentes, hace que deba entender a la otriedad como distinta y como fuente de instrucción de Dios. En palabras coloquiales, “yo no me las se todas”, y por ello, debo aprender de otras experiencias y otros puntos de vista que se manejan en otros niveles dentro de las bandas predefinidas. Por ello, la tolerancia y el respeto al otro deben ser parte de la esencia de la vida cristiana. Obviamente no me refiero a posturas con respecto al pecado flagrante o a la injusticia (sino veamos a Jesús arrojando a los vendedores del templo o repudiando a los fariseos), que es otro tema.

Por ahora aporto eso. Muchos saludos,

Abel.

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