21 setiembre 2006

Sobre la depresión y otras minucias (*)


(*) César Hildebrandt

Hay un diez por ciento de deprimidos en el mundo. Eso demuestra que la especie humana es, fundamentalmente, estúpida. Porque con lo que le hemos hecho al planeta, a nuestros intereses, a la decencia, deberíamos estar todos deprimidos.

La mayoría, sin embargo, tiene una conciencia de titanio aligerado que borra las miserias de modo automático y que te permite robarle un número de lotería a un ciego y luego ir a tu casa y besar a tu mujer como si nada hubiese pasado.

O trabajar en la unidad de investigación de cierto diario, bajo las órdenes de un tal Ramírez, y luego saludar el paso del Señor de los Milagros.

O ser búfalo aprista durante el día e ir al cine a ver una de vaqueros por la noche.
La depresión ya no es una enfermedad que consiste en estar harto. Es un deber dictado por la ética.

Uno escucha a Bush mentir respecto de Irak y amenazar ahora a Irán (¿será por orden alfabético?) y piensa en un revólver. Para matar a dicho presidente, en primer lugar.

Y ante la imposibilidad de matarlo –porque en Estados Unidos sólo pueden matar a los políticos sus propios cuerpos de seguridad: eso es parte de su nacionalismo–, entonces, ante la imposibilidad de cargarse a tan noble bruto, uno sigue pensando en el revólver pero esta vez apuntando a la propia sien.

Yo escucho hablar a José María Aznar, el líder de las derechas españolas, y le pregunto a la chica de la casa que dónde está el ácido muriático.

Mi colega Aldo Mariátegui dispara unas certezas tan vaticanas, unas descalificaciones tan convencidas, una visión del mundo tan sencilla, que cuando lo leo se me viene a la cabeza, inevitablemente, la azotea infalible desde donde habré de volar hacia la nada.

Veo una tragedia como la del Prestige –una paella negra excretada por un buque viejo en un mar exhausto por el saqueo– y no puedo evitar pensar intensamente en el Prozac.

Un cierto aire melancólico va con la inteligencia de este tercer milenio. Cómo no tenerlo, al fin y al cabo, si sabemos que 30,000 niños pobres se mueren cada año por enfermedades perfectamente curables. Y la historia del último siglo es la que más cadáveres por metro cuadrado aporta al prontuario humano.

Pero claro que hemos avanzado en el terreno tecnológico y en la lucha en contra de las enfermedades. Pero mil quinientos millones de seres humanos no saben ni sabrán qué es eso a lo largo de las próximas décadas. Y el mundo es breve y uno.

Y por eso este siglo será el de las migraciones dramáticas, las mudanzas de países enteros y la miseria delivery “ensuciando” el primer mundo que quiso blindarse.
Todo se arreglaría si volviéramos a amar el color de ciertos pajarracos que se picotean el pecho y enamoran cantando.

Si aprendiéramos de nuevo a detenernos y a mirar la belleza de un depósito de sal o a disfrutar con el olor olvidado de los jacintos, todo se arreglaría.

Porque lo que necesitamos es renunciar al reinado del universo. Ese reinado ciego y usurero del hombre como coronación de la llamada creación nos ha obligado a construir un mundo a la medida de cada egoísmo, lo cual es como hacer que una casa esté hecha de varias casas que se dieran la espalda.

El mundo que hemos hecho no es una posada sino un tornado. Es un tornado que cada mañana nos despierta, un tornado en el que giran avisos publicitarios, odios de dioses que se creen uno, apetitos que nos inventan desde la tele, gárgolas hechas con ozono.

Vivimos deseando lo que no necesitamos y en trance de permanente necesidad. Somos la especie que no se sacia y que cree que habrá siempre un paisaje que devastar. La depresión, entonces, se erige en una alarma de la lucidez.

El pesimismo es el nuevo nombre de la Ilustración. Y los psiquiatras hacen de plomeros de un mundo que los ha convertido en los nuevos hechiceros.



http://www.laprimera.com.pe/noticia.php?IDnoticia=30407

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