09 setiembre 2010

Iglesia y comunidad

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¿Qué pensar de la iglesia? Hay gente que necesita seriamente de la estructura eclesial, con tu templo, su clero, su liturgia, y eso no es malo. ¿Hay gente que no la necesita? ¿Hay una generación que no la necesita? ¿Cómo sería? Las nuevas generaciones dependen mucho menos de la iglesia; además, nos da la impresión de que muchas personas ven a la iglesia como un pasivo, una carga que no aporta gran cosa a la espiritualidad personal y, con frecuencia, daña las vidas por sus actitudes intransigentes y controladoras. Prefieren vivir al margen, sin vínculos con el cuerpo religioso, sea en ambientes católicos o evangélicos. Así son más felices.

La iglesia ha perdido poder. Hoy en día una excomunión no significa nada. Por lo tanto, la propia realidad requiere iglesias menos rígidas porque no tienen esquema de poder qué defender. La historia comprueba el debilitamiento de la iglesia en todo el mundo. Además, los serios errores del régimen clerical denota un agotamiento del modelo (pedofilia, teología de la prosperidad, etc).

¿La solución es cancelar las estructuras? La práctica –que ha sido, por ejemplo, la de nuestro propio caso- parece estar demostrando que los modelos horizontales no funcionan para nosotros, los latinoamericanos. ¿Entonces? Necesitamos una estructura, no piramidal como lo requería el viejo estilo, pero esa estructura, igual, necesita compromiso por parte de todos. ¿Cómo fomentar el compromiso? Primero, una transferencia efectiva del poder, poco a poco, desde el control hasta el poder compartido, en un proceso de aprendizaje continuo: la gente tiene que aprender a usar el poder. Así, de paso, ayudamos a la sociedad, aportando gente que sabe cómo de verdad es la democracia en niveles micro. Luego se puede hablar de pirámides aplanadas.

EL LIDER TIENE QUE SER, MÁS QUE NADA, UN DIRECTOR DE ORQUESTA, que otorgue y quite poder, que organice a la orquesta, no que mande e imponga, NO UN DICTADOR QUE OSTENTE TODO EL PODER. Somos pesimistas respecto al clero: han tenido poder por tanto tiempo que les es imposible imaginar una vida sin tenerlo. Por lo tanto, una transición con ellos en el centro no es posible. Se requiere comenzar desde cero, desde pequeñas comunidades como la nuestra.

Uso de los defectos a favor de la comunidad

Los defectos de los grupos se pueden usar a favor de la formación y establecimiento de cada una de las personas, en este caso:

-“El tiene, entonces yo también quiero tener” eso es muy latinomericano. Esto se puede aprovechar. Es una manera mediante la cual se puede fomentar el compromiso con la comunidad, con la misión, con Dios,

-Dejadez: todos quieren poder. Por ello, se le puede quitar todo el poder y atención especial para que perciban la carencia y empiecen a aportar por iniciativa propia o cuando se le otorgue la nueva oportunidad de aportar, de tener poder. Esta medida es peligrosa, porque implica que el líder sea una persona sana psicológicamente, caso contrario podemos encontrarnos con la génesis de una patología que en el mediano plazo destruiría a la comunidad.

-La tolerancia a la frustración en Latinoamérica es bastante baja. USA, Europa tienen más compromiso con la monotonía de la vida. Nosotros, en cambio, requerimos cambios constantes en el ámbito de compromiso social. Necesitamos cosas nuevas, y eso nos obliga a ser una comunidad dinámica. Por lo tanto, ¿qué cosas nuevas podemos tener?

30 agosto 2010

Israel pide rey

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El período del relato bíblico que comprende el tiempo de los jueces fue una etapa dinámica, importante para la nación judía en formación. La ciencia histórica nos habla del gran conflicto de poderes entre las naciones dominantes: Egipto al sur, y las potencias asiáticas: los hititas al norte, además de Mitani y Asiria, al noreste. Al centro de ellas, como punto de paso, se encontraba Palestina, un lugar insignificante, pero de importante valor estratégico.

Los hebreos se encontraban prácticamente en un estado tribal, con liderazgos esporádicos de tipo caudillista, en un estado de pobreza extrema, y siempre a merced de los enemigos. Jueces relata, con frecuencia en un tono mitológico, las vivencias del pueblo y sus conflictos con sus vecinos menores, enfatizando la solución vía un líder llamado por Dios que aglutina al pueblo, formando un ejército que somete al invasor. No hay citas de posibles conflictos con los grandes reinos de la época. No se cuentan los pasos del poderoso imperio Egipto en camino a combatir a los otros “grandes”, ni se menciona cuando el territorio palestino fue una especie de “área de seguridad” para Egipto. Esto no es un problema: el libro mucho tiempo después se escribe con el fin de darle identidad al pueblo, mostrándole con claridad el desenvolvimiento de sus antepasados en una etapa formativa (donde, además, la teoría de la retribución es claramente delimitada. Cuando el pueblo peca, es cuando algún pueblo adyacente invade las tribus de Israel) y en donde sólo se mencionaría etapas “victoriosas”. Esta es una práctica usual en los anales históricos en todo el mundo.

Estas idas y vueltas seguramente forjaron en algunos de los ancianos líderes la idea de formar un estado-nación con gobierno centralizado, como Egipto o Asiria, para solucionar permanentemente los problemas del pueblo (El propio Samuel combatió a los filisteos algunos años atrás). Querían el desarrollo. Sin embargo, otros pensaban que su propio régimen tribal era algo que Yahveh deseaba, divinizando el sistema. Es evidente que Samuel pertenecía a este último partido. Los primeros aprovechan una situación particular (la tremenda corrupción de los hijos de Samuel, los que fungían de jueces delegados) para pedir de una manera definitiva un rey. No debemos malentender 1 Samuel 8:7 (“…Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mi me han desechado, para que no reine sobre ellos”) en el sentido que Dios se opone al régimen monárquico, pues permitió al pueblo tener un rey, sino que nuestra comprensión debe ser enfocada en que la esencia de la petición era el desarrollo político y social que no tenía a Dios en el centro, una política sin Él como eje. Más bien lo que Jehová hace es describirle al pueblo lo que significaba el desarrollo político-económico que ellos querían gozar en 1 Samuel 8:11-18 desde el lado de los costos económicos para su sociedad:

“Esto es lo que les espera con el rey que los va a gobernar: Llamará a filas a los hijos de ustedes, y a unos los destinará a los carros de combate, a otros a la caballería y a otros a su guardia personal. A unos los nombrará jefes de mil soldados, y a otros jefes de cincuenta. A algunos de ustedes los pondrá a arar sus tierras y recoger sus cosechas, o a fabricar sus armas y el material de sus carros de combate. Y tomará también a su servicio a las hijas de ustedes, para que sean sus perfumistas, cocineras y panaderas. Se apoderará de las mejores tierras y de los mejores viñedos y olivares de ustedes, y los entregará a sus funcionarios. Les quitará la décima parte de sus cereales y viñedos, y la entregará a los funcionarios y oficiales de su corte. También les quitará a ustedes sus criados y criadas, y sus mejores bueyes y asnos, y los hará trabajar para él. Se apropiará, además, de la décima parte de sus rebaños, y hasta ustedes mismos tendrán que servirle. Y el día en que se quejen por causa del rey que hayan escogido, el Señor no les hará caso”

El progreso tenía sus costos, y Dios les está advirtiendo de ellos a los hebreos, pero insisto en que Él no les negaba la monarquía. Tampoco hace un juicio de valor sobre la superioridad esencial de un modelo sobre el otro, antes bien la esencia de todo está en 1 Samuel 8:7. No podemos decir que Dios hace “apología” por un régimen especial, pero sí afirma que la aplicación de principios teocráticos es fundamental en una concepción política, sea la que esta sea. No estamos hablando de un gobierno de sacerdotes en el que sea una burocracia clerical la que marque la pauta de las directrices del estado, sino más precisamente un gobierno basado en principios divinos generales. Una política que guarde relación con lo que Dios quiso-quiere-querrá con el hombre.

Es seguro que Samuel se fastidió profundamente con el petitorio de rey. Lo sintió como un rechazo personal, pero era inevitable. A nadie le gusta que lo rechacen. ¿Es posible que Dios haya dado una respuesta negativa al petitorio del pueblo? En nuestra opinión, era algo absolutamente necesario. Sin un gobierno centralizado, Israel no prevalecería. El establecimiento de un reino era, por lo tanto, una cuestión de vida o muerte. Samuel no se daba cuenta de ello, pero destaca su actitud: no se aferró al poder, sino que fue dócil, y buscó un rey. Su función política directa había terminado, y así hidalgamente lo reconoció. Cuánto nos falta aprender al respecto. Hoy todos se aferran al poder, sea pequeño o grande, adictos por completo a su influencia. Pocos voluntariamente lo dejan, la mayoría salen a la fuerza, cuando las cosas son inevitables, cuando la sangre ya puede haber llegado al río.

03 julio 2010

A veces, la transgresión es inevitable

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